Inspiraciones de La danza de la Vida

De repente, aparecemos en esta dimensión a la que llamamos Vida, como parte de una danza que no sabemos del todo de qué va, pero que queremos ir controlando. A pesar de algunas sensaciones desagradables que se nos van presentando, luchamos por satisfacer las necesidades básicas y, a la vez, reír y jugar. Nos vamos amoldando al entorno, a lo que éste nos demanda para poder pertenecer a él y al grupo, desarrollando nuestra inteligencia, raciocinio, corazón, expectativas; escribiendo nuestra puesta en escena junto a los coreógrafos del destino.

Inesperadamente, aparece o amenaza la escena final, generalmente demasiado pronto para la mayoría, antes de que nuestro interés por el mundo y por aquellos a quien amamos se haya agotado.

Pero la danza de la vida continúa, como un misterio que no tiene remedio, independientemente de los momentos de existencia de cada uno. Las hojas caídas serán el humus del que se alimenten los brotes del próximo año.

Cuando alguno de nuestros seres queridos va a partir, normalmente no sabemos cómo gestionar los sentimientos que van apareciendo, ni cómo comunicarnos con él o ella, o cómo acompañarles en su proceso. Todo ello provoca muchas veces un profundo sentimiento de separatidad, “cuya vivencia es fuente de toda angustia”, como decía Erich Fromm.

Cuando vivimos influenciados por el modelo de pensamiento actual, la mayoría de los seres humanos solemos compartir una misma aspiración: tener el control absoluto sobre nuestra existencia. En general, queremos que las cosas sean como deseamos y esperamos. Y al pretender que la realidad se adapte constantemente a nuestras necesidades y expectativas, solemos inquietarnos y frustrarnos cada vez que surgen imprevistos, contratiempos y adversidades.

En el fondo, todas las decisiones personales, familiares y profesionales que tomamos para gozar de mayor seguridad revelan una verdad muy incómoda: muchos de nosotros no somos (ni queremos ser) responsables ni dueños de nuestra vida. Esencialmente, porque tenemos muchísimo miedo a la libertad, pues ésta implica abrazar la incertidumbre y la inseguridad inherentes a la existencia.

En nuestro cuerpo hay células que mueren a cada momento. Podemos decir que empezamos a morir desde el mismo momento de nacer, en el movimiento continuo del cambio y de la impermanencia. La mente lo entiende pero tiene miedo.

Nuestra muerte es quizá nuestra única certeza, como también lo es la incertidumbre del cuándo y cómo moriremos, que nos sirve de excusa para postergar el afrontar la muerte directamente.

Esto sería probablemente diferente si pensáramos en la muerte y sus significados con más cuidado, y nos proveyéramos de un retrato sin adornos ni barnices de la muerte, como uno de los más grandes hechos vitales, si no el que más. Tal retrato sería positivo si nos mostrara que la muerte es muchas cosas, pocas de ellas sencillas, pero todas ellas conquistables si tenemos el valor suficiente.

La aceptación e integración del hecho de la muerte en nuestra existencia, implica una profunda valoración de la vida como acontecimiento único, original e irrepetible.

¿Puede ser una niña quien venga a hablarnos de esa aceptación? ¿Quizá pueda tender una mano al niño que todos llevamos dentro y entre los tres poder acogerla mejor?

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